PERDÓN ABSOLUTO

Las tres clases de perdón:

El perdón es clave para nuestra liberación interior. Sólo perdonando siempre y a todos logramos ser plenamente libres y felices.

Debemos cruzar con decisión la barrera del perdón. Los resentimientos, el odio, la angustia, la decepción… que surgen en nosotros al vernos ofendidos y humillados por los demás debemos enfrentarlas con decisión y generosidad. Somos nosotros mismos quienes podemos superarlas con un desinteresado y absoluto perdón o enconarlas aún más dándoles vueltas a nuestros resentimientos.

Son tres las distintas áreas donde debemos expresar nuestra actitud de perdonar: La primera se origina en la necesidad y exigencia de perdonarnos a nosotros mismos. Hay en nuestra vida personal actitudes, debilidades y acciones que nos humillan y avergüenzan. Es de absoluta necesidad que recurramos al auto-perdón. Nadie es totalmente perfecto. Debemos aceptar con serenidad y humildad nuestras propias debilidades, incoherencias y pecados. El segundo desafío está relacionado con las ofensas que recibimos de los demás y nos exige que interiormente las perdonemos de corazón. Es evidente que cuesta mucho el perdonar, sobre todo cuando creemos que no es justo ni equitativo el juicio negativo que recibimos de otras personas, aún de aquellas que amamos. Sin embargo, como dicen los psicólogos, “la mejor venganza es el perdón”. Si no perdonamos y si alimentamos constantemente nuestros resentimientos interiores, nos hacemos muchísimo daño a nosotros mismos, amargando nuestras relaciones con los demás y nuestro propio carácter. Si no perdonamos nunca podremos llegar a ser verdaderamente libres. Sólo es feliz y libre el que rompe la barrera del rencor y perdona de corazón, aunque no vea arrepentimiento en la otra parte. Él abre su corazón al perdón a pesar de que otras personas no muestren ningún signo de arrepentimiento. La tercera dimensión del perdón está relacionada con Dios. Dios siempre perdona, sin embargo, nos cuesta mucho el convencernos y aceptar ese gratuito perdón de Dios.

Se ha distorsionado la imagen del Dios-Amor con mucha frecuencia, considerándolo, sobre todo, como juez implacable y como castigador y vengador de todas nuestras debilidades y pecados. Sin embargo, Dios no se complace en juzgar. Su esencia es amar y perdonar. En el Evangelio de San Juan (Jn 3,16-19) se nos dice textualmente: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Único para que todo el que cree en Él no se pierda sino que tenga Vida Eterna. Dios no mandó a su Hijo a este mundo no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él.”

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