Familia, enfermedad y apoyo

Si a la familia se le auxilia desde fuera, se le apoya para que vea que los problemas apuntados son habituales, que estas situaciones pueden ser positivas porque ayudan a crecer, se le está ayudando a descubrir sus propias capacidades, se le hace ver lo que está ocurriendo exactamente; se le evitarán malos ratos y sobre todo, se le ofrecerán motivos y razones para vivir mejor, más reconciliados consigo mismos y con la sociedad.

Una técnica de apoyo fundamental es responder a la pregunta: ¿qué tengo yo en mi casa?. Es decir "ponerle nombre a lo que ocurre". Esto es: acotar su terreno, saber más, aprehender mejor lo que nos pasa, delimitar qué podemos hacer para cambiar la situación ya que por pequeños que sean los avances en cualquiera de estos temas, todos son fundamentales asimismo son decisivos los refuerzos positivos que ofrecemos a los enfermos esquizofrénicos y a sus familias. Éstas sabrán más y el saber da más confianza; se encontrarán más relajadas, sin miedo a lo imprevisto; aprenderán a autoevaluarse y a saber qué les va mejor en algunas situaciones; y disminuirá la ansiedad, la depresión y los desórdenes psicosomáticos de los miembros de la familia y a los propios enfermos.

Los gritos, las rabietas, las agresiones, la desobediencia activa o pasiva en cosas importantes de la convivencia, el no hacer caso de las llamadas, son síntomas de la enfermedad mental. La gente de fuera no lo entiende. Otras veces hasta pueden burlarse o alejarse. Es decir: estos hechos rebotan, para mal, sobre toda la familia. Y en toda esta letanía de situaciones que pueden crear los enfermos y de las respuestas que la familia intenta dar, está claro que, si se deja sola a la familia, ésta se sentirá incapaz.

Necesita apoyo, compañía, técnicos que le enseñen y le arropen para reducir los sentimientos de aislamiento y fracaso, y para ayudarles a manifestarse, a decir en voz alta sus emociones, sus sentimientos, todo ese mundo que, si se queda dentro, termina pudriéndose. Hay otros momentos en los que los gritos salen de dentro de las casas. A los familiares les sobran ganas de ponerse a gritar a médicos, terapeutas y todo tipo de educadores: "por favor, escuchen, atiendan, pierdan algo de su valioso tiempo en escucharnos, porque por pobre que sea nuestra palabra, es la nuestra; nos cuesta sangre sacarla de dentro".

Entonces la palabra de los profesionales de la salud mental, sus técnicas terapéuticas valdrán algo. A menudo familias y enfermos tienen la impresión de que sus contestaciones son respuestas a preguntas que nadie les ha formulado; que su enseñanza es abstracta; su idioma letra muerta; su eficacia resulta marciana, insensible, opaca a la sensibilidad de los que buscan, porque sufren. Señores profesionales: pongan razón, ciencia, emoción y empatía para que las relaciones humanas, que con ellos establecen, sean gratificantes y sanadoras; porque las familias que viven con un enfermo esquizofrénico en su seno, nadan en un ambiente agresivo y duro, y a menudo, estos familiares tienen que hacer frente a momentos difíciles, que exigen esfuerzos físicos y mentales excesivos.

Los familiares han aprendido, en los grupos de apoyo, algunas técnicas que les ayudan bastante. Una de ellas es "El Duelo"; duelo por la pérdida que conlleva el vivir con un enfermo esquizofrénico en la familia. Para que ese duelo sea eficaz es preciso: saber lo que tenemos, lo que nos pasa; el pronóstico y su posible evolución; el esfuerzo personal que tendrá que aportar la familia y los apoyos externos que necesitará para reorganizar positivamente la angustia a nivel personal y familiar.

Las familias arropadas por el apoyo de otras familias en situaciones similares manifestarán sus sentimientos más profundos: unas veces dibujarán su paz interior, su capacidad de superar las tormentas; otras harán emerger también su cólera por haberles tocado vivir así la agresividad que crean los conflictos que les acompañan a diario. Todas estas vivencias expuestas con claridad, en un ambiente cálido y acogedor, sin sitio para el disimulo, pero sin caer tampoco en agonías lacrimógenas, son procesos profundamente liberadores. Y así los saludamos.

Las familias buscan sacar tiempo y energía para tomar decisiones, para la actividad cultural, para estar con los amigos, para disfrutar del tiempo libre y del ocio reparador, para los momentos religiosos quienes los viven y necesitan. En definitiva, para vivir un orden íntimo y un control exterior que no tolere el desmoronamiento familiar, que no rompa el nivel de satisfacción conyugal y familiar. Y todo esto, vivido como un proceso vital continuado, exprimiendo la alegría de vivir en un camino permanente, no contentándose con unos pocos momentos aislados.

En resumen: la familia se nos manifiesta como sujeto de socialización del enfermo esquizofrénico. Los datos expuestos nos muestran que el papel de la familia es fundamental en la socialización y resocialización de los enfermos esquizofrénicos. En otras ocasiones, desgraciadamente, se comprueba y verifica lo contrario: la desintegración, la no-socialización y no-rehabilitación desde la familia. Porque es la propia familia la que necesita sacar la cabeza del pozo, respirar, sobrevivir en medio de este mundo, demasiadas veces tan inhóspito, sobre todo si nadie la cuida.

La familia procurará alejar con todas sus fuerzas una salida fácil y falsa, pero que siempre le rondará porque, a primera vista, soluciona todas las cosas clara y definitivamente. Y, sobre todo, porque aleja el monstruo de la mala conciencia. El peligro es claro y por ello lo avisamos: que la familia no utilice la táctica de echar la culpa al de fuera, de buscar un chivo expiatorio que vive más allá del felpudo de la entrada de su casa. Esta figura del adversario exterior se va diseñando en los sótanos de la mente de cada uno y se construye con los materiales que el subconsciente aporta: ansiedades, repulsiones, anhelos reprimidos, fijaciones inconfesables, apetitos larvados y vergonzantes, y todos aquellos elementos de los que uno quisiera verse libre. Proyectarlos al exterior, adjudicarlos a otro, es la manera más expeditiva, y más fácil, de eliminarlos. Así es como surge, a la vez trágico y grotesco, el adversario culpable de todo, que no es sino un muñeco fabricado con nuestros propios detritus.

Y no es eso. Las cosas son como son. No es jugar limpio el sacudir el polvo de nuestros zapatos, para simultáneamente vivir con un enfermo esquizofrénico u otro enfermo mental grave: esto jamás es una maldición. El camino adecuado será ir conviviendo día a día con la realidad del enfermo esquizofrénico en la familia. Asumir en un proceso de interiorización, y sin vergüenzas exteriores, lo que la vida ha deparado a la familia. No es la única en su caso y otras muchas tienen que hacer frente a situaciones tan agobiantes como ésta. Ya contamos con que todo este camino es costoso pero, tal vez, recorrerlo suponga, para quien lo hace, algo profundamente liberador.